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¿Por qué las multas por exceso de velocidad no funcionan?

Lo admito, mea culpa. Cuando conduzco intento respetar el límite de velocidad, aunque no siempre lo consigo. Demasiadas horas en la carretera, demasiados viajes. Las consecuencias son las esperadas; de vez en cuando, me llega al buzón una multa con la irrefutable prueba fotográfica, obtenida por algún “amigo” radar, de mi fechoría. La primera reacción es siempre la misma: trato de recordar dónde cometí la infracción e intento aceptar que era yo quien conducía. Después, terminado el pataleo, asumo la culpa y simplemente pago la multa; la vida continúa y el episodio no me sirve para cambiar mis hábitos de conducción.

Sin embargo, hay un tramo de carretera en el que me acuerdo siempre de no correr.

Hace unos dos años volví a pasar por un tramo en el que el límite de velocidad se redujo, estando yo en el extranjero. Como no lo sabía, conduje por ese tramo a la velocidad a la que siempre lo había hecho. La policía de tráfico me paró y, en el intercambio de opiniones, los guardias me hicieron ver la poca idoneidad de algunos aspectos en mi estilo de conducción. La velocidad de conducción era inadecuada; pensando en el límite anterior conducía 10 kilómetros hora por encima del nuevo límite. Sin embargo, aspectos de seguridad tales como el mantener una distancia segura y usar los intermitentes al cambiar de carril eran los adecuados. El guardia me recordó las consecuencias de circular a mayor velocidad de la permitida, consecuencias relacionadas con el aumento del riesgo de accidentes y daños, tanto a mi mismo como a terceros, vinculadas a mayores costes de combustible o mantenimiento y hasta al aumento de los efectos nocivos en la contaminación ambiental.

Resultado: una advertencia en lugar de una multa. Les prometí no volver a correr en esa parte de la carretera, y hasta el día de hoy lo he respetado. Mi comportamiento cambió. ¿Qué se puede aprender de esta pequeña historia?

Multas emitidas automáticamente versus advertencia entregada personalmente

Si comparamos los dos escenarios: (a) una multa generada automáticamente y (b) una advertencia entregada personalmente, podemos observar tres diferencias clave:

  1. La falta de claridad sobre las razones por las que es necesario cambiar los malos hábitos al conducir, lleva a la falta de convicción para hacerlo. Es necesaria una mayor claridad sobre el resultado deseado y asegurarse de que éste sea compartido.
  2. El recibir un feedback tardío del comportamiento no deseado, provoca que la asociación con el evento sea muy débil. El feedback sobre tal comportamiento indeseable debe ser inmediato, así la asociación con el evento será más intensa.
  3. La intención de una multa es castigar, pero la verdadera intención no debe ser otra sino cambiar el comportamiento. La multa generada automáticamente castiga económicamente al conductor, pero es ineficaz para cambiar su comportamiento debido a estar desconectada temporalmente con el evento que lo provocó. Sin embargo, una advertencia entregada personalmente es mucho más eficaz, ya que la asociación entre comportamiento y consecuencia es clara y mucho más rotunda.

 

Trasladando estos principios al liderazgo en el lugar de trabajo:

  1. Nunca pierdas la oportunidad de explicar hacia dónde va la compañía. Participa activamente en los debates. Aprovecha para exponer cual es el punto de partida y compartir los resultados deseados.
  2. Proporciona regularmente comentarios sobre el comportamiento, sean deseables o no, en el mismo momento en el que los observes. Evita discutir acciones del pasado, habla sobre el aquí y el ahora. Un paseo Gemba Walk es un escenario perfecto para mantener una conversación.
  3. Cuando te enfrentes con comportamientos indeseados, en lugar de centrarte en acciones disciplinarias, dedica tiempo para explicar a la persona las razones por las que su conducta está obstaculizando el logro del resultado que todos ambicionáis. Te servirá para conocer las razones de su comportamiento y aprender de ellas.

Reconozco, que a pesar de todo lo anterior y al peso de mi conciencia, de vez en cuando me llega alguna multa por exceso de velocidad. Aún no he experimentado un cambio completo en mi comportamiento, lo cual me sugiere añadir un cuarto punto a las reflexiones anteriores.

  1. ¡Elige tus batallas! Pero hazlo con sentido e inteligencia. Comienza a cambiar los comportamientos de las personas o departamentos que sean totalmente prioritarios en tu empresa.
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CHEMA G. OVIEDO – Socio de R&G Global Consultants

“Todo comienza con el cliente, continúa con los procesos y se solidifica con los cambios en el comportamiento”

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